Miguel Román se está convirtiendo en uno de los futbolistas que mejor explican el Celta de Claudio Giráldez. No necesita monopolizar el último pase ni aparecer continuamente cerca del área para condicionar los partidos: trabaja, ofrece línea de pase, ordena la salida y acelera cuando el equipo necesita ganar metros. Ante el Getafe volvió a dejar la sensación de que buena parte del juego celeste empieza a pasar por sus botas.
El empate del Coliseum dejó al Celta sin la victoria que buscaba, pero también reforzó una certeza individual. Román volvió a completar los 90 minutos y ya acumula 405 minutos en cinco partidos de LaLiga, cuatro de ellos como titular. Es decir, Giráldez apenas lo está sacando del campo. La propia ficha oficial de LaLiga le concede además una asistencia en este inicio de campeonato y refleja una continuidad que ya no tiene nada de circunstancial.
El futbolista que da sentido al centro del campo
Román se está imponiendo por una combinación especialmente valiosa en el modelo celeste: entiende dónde debe aparecer y qué pide cada jugada. Puede ofrecerse por delante de los centrales, girar la orientación, atraer una presión para liberar al compañero y aparecer unos metros más arriba cuando el rival repliega. Esa mezcla de trabajo y criterio lo convierte en algo más que un mediocentro posicional.
Ya se había visto ante Osasuna, cuando fue uno de los jugadores que más ritmo dio a la circulación del Celta y participó directamente en la jugada del gol de Iago Aspas. Ahora, frente al Getafe, volvió a asumir mucho balón en un encuentro en el que el conjunto vigués tuvo largas fases de dominio territorial. El problema del Celta estuvo después, en transformar esa posesión en ocasiones, una carencia que ya analizamos tras el 1-1 del Coliseum.
Un jugador que cada vez pesa más
La evolución tiene todavía más mérito por el contexto. Román sufrió en marzo una fractura en el quinto metatarsiano del pie izquierdo que cortó una temporada en la que ya había conseguido hacerse sitio en la élite. Su regreso no ha sido progresivo en cuanto a protagonismo: ha vuelto directamente a ocupar un lugar central en el plan de Giráldez.
El técnico está rotando prácticamente todas las posiciones. De hecho, en cinco jornadas ya ha utilizado a 23 futbolistas, como contamos al analizar la llamativa situación de Hugo Burcio. Sin embargo, Román aparece como una de las excepciones a esa rotación extrema. Su continuidad habla del peso que ha adquirido.
Más que posesión: orden y ritmo
El valor de Román no está solo en tocar mucho balón. Está en decidir cuándo hay que sostener y cuándo hay que acelerar. En un Celta que todavía busca más verticalidad —una necesidad que incluso señaló Abel Caballero al pedir «un poquito más de juego vertical»—, el centrocampista está siendo el jugador que mejor conecta la primera fase con los metros finales.
Frente al Getafe incluso probó varias veces desde fuera del área. LaLiga registró tres remates suyos, todos desde media distancia, una muestra de que empieza también a asumir responsabilidades cuando el rival cierra el carril interior. No encontró portería, pero sí dejó claro que su radio de acción se está ampliando.
Una pieza con aroma de mercado
Con 23 años, contrato en vigor y cada vez más asentado en Primera, es inevitable que el rendimiento de Román empiece a generar atención fuera de Vigo. En meses anteriores ya se había relacionado su nombre con clubes de mayor músculo económico, pero el mejor escaparate posible lo está construyendo él mismo sobre el césped.
El Celta tiene en Miguel Román un futbolista que quizá todavía no genere titulares por goles o asistencias, pero que empieza a imponer una influencia mucho más profunda: ordena, construye y hace funcionar al equipo. Giráldez tiene director de orquesta. La cuestión es cuánto tiempo podrá retenerlo si mantiene este nivel.