Hace solo tres meses, Juan Carlos Escotet era aclamado por buena parte del deportivismo en plena carrera por el ascenso. Hoy, el regreso del Dépor a Primera ha dejado al descubierto una realidad mucho más incómoda: el enfrentamiento entre el club y su afición ya no se limita a las peñas ni a Marathón Inferior, sino que se ha extendido a una parte amplia y visible de Riazor.
El Deportivo vive uno de los momentos deportivos más ilusionantes de la última década, pero esa alegría convive con una fractura social cada vez más evidente. Las propias palabras de Antonio Hidalgo, admitiendo su tristeza y su deseo de recuperar la unión perdida, son seguramente la mejor prueba de que el problema ya no puede reducirse a una discusión puntual sobre una grada.
Lo ocurrido en el estreno liguero ante el Elche dejó una imagen difícil de ignorar. Riazor volvió a Primera entre fiesta y protesta, con camisetas naranjas repartidas por distintas bancadas, un ambiente enrarecido y una sensación de distancia entre la grada y el club que habría parecido impensable apenas unos meses atrás.
De los aplausos a Escotet al malestar con la propiedad
En primavera, la imagen de Juan Carlos Escotet era muy distinta. El presidente del Deportivo y principal figura pública de la propiedad había optado por una exposición más cercana: viajó con aficionados, siguió partidos desde zonas de grada y participó en recibimientos al equipo en plena lucha por el ascenso.
Aquella actitud generó una corriente evidente de simpatía. Una información publicada en mayo resumía aquel momento con una frase inequívoca: «Escotet se gana al deportivismo». Tres meses después, esa fotografía contrasta de forma brutal con el clima actual.
La polémica surgida alrededor de Marathón Inferior, las condiciones específicas aplicadas a esa grada, las quejas por la política de abonos y la percepción de falta de escucha han ido desgastando la relación hasta abrir un desencuentro mucho más profundo.
Ya no es correcto hablar solo de «las peñas»
El conflicto nació alrededor de Marathón Inferior y tuvo como principales interlocutores a la Federación de Peñas, Riazor Blues y Old Faces. Pero lo que se vio ante el Elche obliga a ampliar el foco.
El naranja, convertido en símbolo de protesta, apareció en diferentes zonas del estadio. La llamada a vestir de ese color se dirigió al conjunto de Riazor y tuvo respuesta más allá de la grada de animación. La imagen pública de aquel encuentro mostró que el malestar había encontrado eco entre aficionados que no forman parte de los grupos organizados ni ocupan necesariamente Marathón Inferior.
Eso no significa que todo el deportivismo comparta las mismas reivindicaciones ni que exista una posición unánime contra la dirección. Sí significa, en cambio, que reducir el problema a unos pocos colectivos ya no describe correctamente lo que está sucediendo.

La protesta no cuestiona al Dépor, sino la forma de gobernarlo
Uno de los matices más importantes del conflicto está en distinguir entre el vínculo con el club y la valoración de su gestión. El Deportivo cerró su campaña con 29.854 abonados, una cifra que confirma que la identificación de la ciudad con el equipo sigue siendo enorme.
Precisamente por eso el desencuentro resulta tan relevante. Una parte de esos mismos aficionados que llenan Riazor y sostienen al equipo muestra ahora un rechazo cada vez más visible a determinadas decisiones de la dirección y de la propiedad.
El problema no es una pérdida de sentimiento deportivista. Es la separación creciente entre ese sentimiento y la percepción de cómo se está gobernando el club.
Una gestión económica sólida no evita una crisis emocional
Sería injusto ignorar el papel de ABANCA y de Escotet en la estabilización del Deportivo. Bajo esta propiedad, el club ha saneado su situación, recuperado el fútbol profesional y regresado finalmente a Primera División.
Pero el fútbol no se sostiene únicamente con balances, inversiones y resultados. En A Coruña, el Deportivo es también identidad, pertenencia y relación emocional con una masa social que ha seguido al equipo incluso durante sus años más duros.
Ahí es donde aparece ahora la grieta. El éxito deportivo continúa, pero una parte de la conexión emocional entre propiedad y afición se ha deteriorado con enorme rapidez.
Marathón fue la chispa, pero el conflicto ya tiene más capas
Las nuevas condiciones de Marathón Inferior fueron el detonante. El club ha defendido esas medidas apelando a la necesidad de mejorar la identificación, la seguridad y la convivencia en la grada, además de reducir conductas que pudieran generar sanciones.
Posteriormente introdujo algunas modificaciones, entre ellas la posibilidad de ceder o liberar el abono. Sin embargo, para entonces el malestar ya había desbordado el origen inicial del conflicto.
La manifestación ante la sede de ABANCA, el plante en el Teresa Herrera, la imagen de Marathón prácticamente vacía frente al Real Madrid y finalmente el naranja del Deportivo-Elche fueron acumulando capítulos de una misma crisis.
El conflicto alcanza también a jugadores y periodistas
La tensión dio un nuevo salto después del estreno liguero. El Deportivo denunció que algunos jugadores habían recibido insultos y presiones para posicionarse en cuestiones extradeportivas y anunció que determinados episodios serían trasladados a sus servicios jurídicos.
Ese comportamiento, de haberse producido como ha denunciado el club, debe quedar completamente separado del legítimo derecho a protestar. Ninguna discrepancia con la dirección justifica insultar, acosar o presionar a futbolistas o familiares.
Al mismo tiempo, el intento del Deportivo de mantener a la plantilla al margen de la controversia abrió otro frente cuando se limitaron preguntas sobre el conflicto en comparecencias posteriores al encuentro. Tres organizaciones profesionales de periodistas cuestionaron públicamente aquella decisión.
Lo que empezó como un desacuerdo sobre una grada había dejado de serlo.
Hidalgo, atrapado en una crisis que no creó
Antonio Hidalgo no decide las condiciones de Marathón, no fija los precios de los abonos y no dirige la política institucional del club. Sin embargo, se ha convertido en una de las pocas voces públicas del Deportivo capaces de hablar del asunto.
Este domingo no negó el problema ni culpó a la afición. Dijo comprender su sentir, habló de tristeza y recordó que la unión entre equipo y grada fue precisamente una de las grandes fortalezas del Deportivo durante el ascenso.
Cuando el propio entrenador necesita pedir públicamente que se reconstruya esa conexión, ya no estamos ante una simple polémica en redes sociales.
El regreso a Primera dejó una imagen más grave de lo esperado
La vuelta a la máxima categoría debía ser una celebración casi perfecta después de más de 3.000 días fuera de Primera. Sin embargo, Riazor ofreció por momentos una imagen fría, contenida y visualmente marcada por la protesta.
La huelga de animación alteró el ambiente habitual y las camisetas naranjas repartidas por diferentes zonas del estadio hicieron visible que el malestar no se concentraba únicamente en un fondo.
Ese contraste es probablemente lo que mejor explica la gravedad del momento: el Deportivo regresó al lugar que llevaba ocho años persiguiendo, pero lo hizo con una parte de su masa social enfrentada a quienes dirigen la entidad.
De mayo a agosto: tres meses que lo cambiaron todo
Hace apenas tres meses, Escotet saludaba a aficionados, compartía desplazamientos y recibía aplausos en plena carrera por el ascenso. Aquella cercanía fue real y generó una percepción positiva entre muchos seguidores.
También es real lo que ocurre ahora.
El Deportivo ha recuperado estabilidad, categoría y ambición. Al mismo tiempo, su dirección afronta una crisis de confianza con una parte significativa y visible de su afición.
No todos los seguidores protestan. No todo el deportivismo comparte cada reivindicación de las peñas. Y algunas medidas del club tienen argumentos que la entidad ha explicado públicamente.
Pero después de ver el naranja extendido por diferentes bancadas, escuchar al entrenador hablar de tristeza y comprobar cómo el conflicto ha alcanzado también a jugadores y medios, seguir reduciendo el problema a «unas peñas de Marathón» ya no refleja la realidad.
Ese es ahora uno de los mayores desafíos de Juan Carlos Escotet y de la dirección del Deportivo: no recuperar una categoría, sino recuperar la confianza de una afición que hace solo unos meses aplaudía y que hoy, en sectores amplios, mira a la propiedad con una desconfianza imposible de esconder.