La Primera Federación ha mejorado mucho el producto deportivo que heredó de la antigua Segunda B. Seis temporadas después de su creación, el nivel medio es más alto, los partidos tienen más escaparate y la competición se parece cada vez más a la antesala natural del fútbol profesional. El problema es que, económicamente, esa evolución ha dejado una contradicción difícil de ignorar: cada vez exige más como una liga profesional sin generar todavía ingresos comparables a los del fútbol profesional.
Ahí está, probablemente, el gran debate de la categoría. No si funciona deportivamente —porque funciona—, sino si sigue siendo una categoría realmente asumible para todos los clubes que llegan a ella.
De la Segunda B territorial a una competición nacional de verdad
Durante décadas, la Segunda B se organizó habitualmente en cuatro grupos. Para muchos clubes que se movían entre Tercera y Segunda B, el gran salto económico estaba sobre todo en los desplazamientos: se pasaba de una competición de ámbito mucho más próximo a otra de radio mayor, pero todavía relativamente contenida.
La Primera Federación cambió esa lógica. Desde su nacimiento en 2021 se estructura en dos grupos de veinte equipos, y la temporada 2026/27 mantiene ese formato. La consecuencia es evidente: el mapa se ensancha. Viajes que antes eran excepcionales se han normalizado y un club puede encontrarse atravesando media España varias veces durante el curso.
Eso aumenta el coste de transportes, hoteles, dietas y logística. Y no ocurre de forma aislada: llega al mismo tiempo que suben las exigencias deportivas, laborales, televisivas y de infraestructura.
Obligaciones cada vez más profesionales
La paradoja está incluso en la definición oficial. La RFEF sigue considerando la Primera Federación una competición de carácter no profesional, pero el entorno que la rodea se ha profesionalizado de manera acelerada.
El convenio colectivo de la tercera categoría nacional fijó una retribución mínima garantizada de 25.000 euros para la temporada 2025/26, actualizable por IPC en las temporadas sucesivas cuando se cumplan las condiciones económicas previstas en el propio convenio. Es un paso lógico desde el punto de vista laboral, pero también representa una nueva capa de gasto para estructuras que no siempre disponen de ingresos recurrentes suficientes para absorberla con comodidad.
La exigencia de campos de hierba natural, con moratorias puntuales para recién ascendidos, es otro ejemplo del estándar al que se quiere llevar la competición. Lo mismo ocurre con las necesidades de producción televisiva, instalaciones, personal, seguridad o estructura administrativa.
Todo apunta hacia arriba. Todo se parece cada vez más a una competición profesional. Pero la caja no crece al mismo ritmo.
Más televisión no significa todavía suficiente dinero
La visibilidad ha mejorado. Esta temporada la RFEF ha anunciado ocho operadores nacionales y cinco televisiones regionales con cobertura de Primera Federación. Es una buena noticia y confirma que el producto interesa más que hace unos años.
Pero una cosa es tener más ventanas y otra que los derechos audiovisuales alcancen para financiar el salto de costes que soportan los clubes. La televisión se ha convertido además en una parte esencial de los ingresos, lo que otorga al operador y al calendario un peso enorme sobre los horarios.
Ahí aparece otra tensión: el partido que un club querría jugar un sábado a las 18:00 o un domingo a las 17:00 puede terminar programado un viernes por la tarde, un sábado a primera hora o un domingo por la noche. Horarios que pueden ser buenos para la parrilla, pero no siempre para la taquilla, el desplazamiento de aficionados o la vida social alrededor del estadio.
En M90 ya hemos contado cómo la televisión ha ampliado de forma importante la presencia del fútbol gallego de Primera Federación. El reto pendiente es que ese crecimiento de audiencia termine traduciéndose también en una estructura económica más fuerte para los clubes.
Cuando 20, 25 o 30 euros dejan de parecer caros
Por eso conviene cambiar la perspectiva cuando un club anuncia precios de entradas que hace unos años habrían parecido elevados, cuando un abono se mueve en cifras de 250 o 300 euros o cuando una entidad decide no completar todas las fichas profesionales disponibles.
Desde fuera es fácil reducirlo a una frase: “qué caro”. Desde dentro, muchas veces la lectura es otra: las cuentas tienen que salir.
Esta misma temporada hemos visto precios muy distintos entre los clubes gallegos. El Racing fijó entre 15 y 25 euros las entradas para su estreno en A Malata, mientras que la UD Ourense ha puesto localidades desde 10 euros para recibir al Logroñés. Cada club tiene su contexto, su masa social y su estructura, pero todos compiten dentro del mismo ecosistema de costes crecientes.
Los patrocinadores locales tampoco viven en una realidad paralela. El tejido empresarial que sostiene a muchos clubes modestos tiene un límite. Puede haber más ingresos que hace una década, sí, pero la sensación generalizada es que las obligaciones han crecido mucho más rápido.
Una categoría demasiado buena para ser barata
Y ahí está la gran ironía. La Primera Federación es mejor que la vieja Segunda B en casi todo lo que se ve desde la grada: mejores plantillas, más jugadores conocidos, estadios con más ambiente, mayor cobertura, más partidos televisados y una competición con una identidad mucho más reconocible.
Pero precisamente por eso se ha vuelto también mucho más cara.
Quien asciende desde Segunda Federación no solo sube un escalón deportivo. En muchos casos tiene que cambiar de presupuesto, de estructura, de instalaciones y hasta de manera de gestionar el club. Y no todos llegan con el respaldo económico suficiente para hacerlo sin asumir riesgos.
Por eso la Primera Federación tiene algo de estación de paso. Los grandes proyectos quieren salir cuanto antes por arriba, porque Segunda División es la tierra prometida de los ingresos profesionales. Los más modestos saben que quedarse demasiado tiempo puede convertirse en una prueba de resistencia financiera.
Y cuando las cuentas no dan, descender a Segunda Federación, por doloroso que sea deportivamente, también reduce obligaciones y costes.
La antesala del fútbol profesional, pero todavía sin su red de seguridad
La Primera Federación nació para ordenar mejor el tercer escalón y elevar su nivel. En eso ha tenido éxito. El problema es que la evolución deportiva ha ido por delante de la económica.
No se trata de volver a la Segunda B ni de rebajar las exigencias laborales. Se trata de preguntarse si el modelo genera suficientes recursos para sostener lo que exige. Porque una competición puede ser atractiva, televisiva y competitiva, pero si obliga a demasiados clubes a vivir al límite, algo no termina de cuadrar.
Quizá esa sea la mejor definición de la categoría seis años después: la antesala del fútbol profesional, con muchas de sus obligaciones y todavía sin buena parte de sus ingresos.
Muy bonita. Muy exigente. Y, para muchos, un lugar en el que conviene no quedarse demasiado tiempo.