El Real Zaragoza ha apostado por Ibai Gómez para liderar su regreso al fútbol profesional. El exfutbolista, que vistió la camiseta blanquiazul durante unos meses en la temporada 2022-23, afronta el desafío más importante de su carrera como técnico en La Romareda.
De Riazor a La Romareda: el salto de Ibai
Ibai Gómez cambia el balón por la pizarra en uno de los banquillos más exigentes del fútbol español. El vasco, que apenas dejó huella en su breve paso por A Coruña hace tres temporadas, tendrá ahora la responsabilidad de sacar al gigante maño del pozo en el que lleva instalado demasiado tiempo.
Su experiencia como futbolista en Riazor fue fugaz, casi testimonial. Llegó en la campaña 2022-23, cuando el Deportivo navegaba entre la esperanza y la incertidumbre, y apenas tuvo tiempo de demostrar nada antes de hacer las maletas. Pocos recuerdan con nitidez su aportación, pero todos conocen su trayectoria previa: un extremo con chispa que brilló en el Alavés y el Athletic, capaz de desequilibrar cuando le daban espacio y confianza.
El reto mayúsculo de devolver al Zaragoza a Segunda
Ahora, el desafío que tiene por delante no admite medias tintas. El Real Zaragoza, histórico de Primera División con cinco Copas del Rey en sus vitrinas, lleva años dando tumbos lejos de donde cree merecer estar. La directiva maña ha decidido confiar en un técnico novel, sin apenas rodaje en los banquillos, para intentar reconducir una situación que se ha vuelto crónica.
Es una apuesta arriesgada, de esas que o te convierten en héroe o te mandan al ostracismo antes del parón navideño. Ibai llega sin el peso de un currículum abultado como entrenador, pero precisamente esa falta de lastre puede jugar a su favor. Sin ataduras a esquemas rígidos ni vicios adquiridos, tendrá la oportunidad de imprimir su sello desde cero.
La pregunta es inevitable: ¿qué ha visto el Zaragoza en él? Probablemente, hambre. Ganas de demostrar que su carrera no termina con las botas colgadas. Y quizá también la capacidad de conectar con un vestuario que necesita más motivación que pizarra táctica, aunque ambas cosas sean imprescindibles.
Un banquillo que quema más que calienta
La Romareda es un estadio que puede ser un templo o un infierno, dependiendo de los resultados. La afición zaragocista, una de las más fieles y sufridas del panorama nacional, lleva años pidiendo a gritos un proyecto serio que devuelva al club a la categoría de plata como mínimo. Cada temporada que pasa fuera del fútbol profesional es un golpe más a la moral colectiva.
Ibai Gómez sabe que no tendrá margen de error. Los entrenadores en Zaragoza duran lo que un caramelo en la puerta de un colegio si los resultados no acompañan. La paciencia es un bien escaso cuando la frustración se acumula año tras año. Tendrá que ganarse al vestuario rápido, convencer a la grada antes y acertar en el once desde el primer día.
Su paso por el Deportivo, aunque breve, le habrá enseñado algo sobre la presión de vestir camisetas grandes con exigencia histórica. Riazor y La Romareda comparten esa mezcla de nostalgia y urgencia, ese peso de la historia que a veces aplasta más que impulsa.
¿Tiene madera de entrenador?
Ahí está la gran incógnita. Ibai fue un futbolista inteligente, con buen pie y visión de juego. Eso no garantiza nada en el banquillo, pero al menos parte con una base. Conoce el fútbol desde dentro, entiende las dinámicas de un vestuario y ha vivido la presión de los partidos decisivos.
Lo que le falta es experiencia. Gestionar egos, tomar decisiones impopulares, leer partidos sobre la marcha, rotar sin desestabilizar… Todo eso se aprende con el tiempo, y él tendrá que hacerlo a marchas forzadas en un entorno que no perdona.
El Zaragoza ha optado por la valentía antes que por la seguridad. Podría haber fichado a un técnico veterano con kilómetros en las piernas, pero ha preferido darle una oportunidad a alguien con hambre y algo que demostrar. Ahora toca ver si Ibai Gómez está a la altura del desafío o si este proyecto se queda en otro intento fallido más.
De momento, el exdeportivista tiene la pelota en su tejado. Y en Zaragoza, como en A Coruña, saben que las oportunidades no se repiten dos veces.