El 0-1 ante el Sevilla deja una tentación muy futbolera: mirar el resultado, contar los cambios del once y concluir que Antonio Hidalgo se equivocó. Es la lectura más rápida. También la más cómoda. Pero una plantilla de Primera no se gestiona solo con la fotografía de noventa minutos.
El Deportivo afrontó ante el Sevilla el segundo partido de una serie de tres en ocho días y Hidalgo introdujo cinco novedades respecto al equipo de Getafe: Altimira, Loureiro, Angeliño, Riki y Yeremay entraron por Ximo Navarro, Noubi, Quagliata, Casadó y Mario Soriano. El dato está ahí. También el resultado: primera derrota liguera, 0-1 en Riazor, con gol de Miguel Sierra y más de media hora final en inferioridad tras la expulsión de Angeliño. El propio club resumió el encuentro señalando que la roja condicionó definitivamente el escenario.
La cuestión interesante no es, por tanto, si las rotaciones salieron bien. No salieron. La cuestión es si eso convierte automáticamente la decisión de rotar en un error.
Una plantilla no se administra como un once de gala
Hidalgo dispone de un vestuario largo, con futbolistas que llegaron tarde, otros que todavía necesitan ritmo y varios jugadores que difícilmente pueden aceptar pasar una semana de tres partidos sin participar. En ese contexto, el entrenador no solo dirige el siguiente encuentro: administra cargas, jerarquías, estados de forma y expectativas.
El razonamiento que plantea Iván Antelo en su columna “Pierde hoy, gana mañana” apunta precisamente ahí: si un jugador no aparece ni siquiera cuando el calendario ofrece tres partidos en una semana, el mensaje interno puede ser devastador. El futbolista entiende que no cuenta. Y un técnico necesita algo más que once titulares enchufados.
Eso no convierte cualquier rotación en buena. El fútbol no funciona con cheques en blanco. Angeliño, por ejemplo, necesitaba minutos para recuperar ritmo competitivo y su estreno como titular acabó con una roja directa. Altimira tampoco encontró su mejor versión. Yeremay tuvo una oportunidad para ganar espacio y no terminó de agarrarse al partido. El rendimiento se juzga; la decisión de darles cancha, en cambio, debe analizarse con un horizonte más largo.
El riesgo de cambiar demasiadas piezas a la vez
Donde sí aparece un debate más fino es en la cantidad. El Dépor perdió varias referencias de golpe y durante muchos minutos fue un equipo menos reconocible. Riki y Amatucci sostuvieron bastante bien el centro del campo, pero faltó continuidad por delante y el ataque se atascó demasiado pronto.
Ahí puede estar la lección para Hidalgo: rotar no significa necesariamente desmontar demasiados automatismos al mismo tiempo. Repartir minutos es una necesidad; hacerlo sin perder la estructura competitiva es el arte.
La entrada de Adama tras el descanso mejoró la profundidad y el Deportivo salió con otra energía, pero el gol de Miguel Sierra y la expulsión de Angeliño cambiaron el partido por completo. A partir de ahí ya no había laboratorio posible: tocaba perseguir el empate con diez.
El Betis dirá si la gestión tenía sentido
La derrota ante el Sevilla no se puede maquillar, pero tampoco tiene por qué convertirse en un plebiscito sobre Hidalgo. El Deportivo llevaba cinco jornadas sin perder y sigue en pleno proceso de ajuste a Primera. El valor real de estas rotaciones se medirá también en lo que ocurra después.
Si frente al Betis aparecen piernas frescas, regresan futbolistas importantes y el equipo recupera la versión reconocible de las primeras jornadas, la fotografía del miércoles tendrá otro contexto. Si, en cambio, el Dépor vuelve a mostrarse espeso, el debate crecerá.
El fútbol vive obsesionado con el resultado inmediato, pero los entrenadores trabajan con una semana, un mes y una temporada entera en la cabeza. A veces se pierde un partido intentando no perder un vestuario.
Y ahí está la paradoja: quizá el error no sea hacer cambios, sino pensar que un equipo puede llegar a mayo utilizando siempre a los mismos once.