El presidente del Ourense CF ha roto su silencio tras el descenso a Segunda RFEF consumado el pasado viernes. Con una sinceridad brutal que deja poco espacio para la interpretación, Camilo Díaz reconoce que la ciudad y el club no tenían ni el músculo económico ni las infraestructuras para competir en Primera Federación. El sueño duró dos años. La resaca será más larga.
La cruda realidad de un descenso anunciado
No hay eufemismos en el discurso de Camilo Díaz. Tras dos temporadas codeándose con el fútbol profesional, el presidente del Ourense CF ha asumido públicamente lo que muchos sospechaban desde hace meses: la ciudad de Ourense no estaba preparada para competir con la mayoría de equipos, ni en presupuestos ni en infraestructuras. Una declaración que suena a epitafio para una aventura que terminó exactamente como empezó: con más ilusión que recursos.
El pasado 23 de mayo, el Ourense CF consumó su descenso a Segunda Federación pese a ganar 2-1 al Tenerife en O Couto. Los azulones cumplieron con su parte, pero los resultados del Avilés, que empató en Pontevedra, y del Talavera, que ganó al Cacereño, los condenaron. Los minutos pasaban y todo seguía igual, hasta que el silbatazo final certificó la tragedia.
«Hasta el último momento teníamos esperanza»
En declaraciones recogidas por La Región, Camilo Díaz reconoció que \»hasta el último momento teníamos la esperanza de conservar la categoría, pero no pudo ser y no queda otra que mirar para adelante\». Palabras que suenan a resignación más que a autocrítica, aunque el dirigente colombiano-gallego no ha esquivado la responsabilidad colectiva.
El descenso no fue cosa de una jornada. En una liga de 38 jornadas no es culpa de la última el descenso, como bien señalan desde el entorno del club. La temporada empezó con una muy mala racha para el equipo, y pese a los intentos de reacción —incluyendo el despido de Dani Llácer el 12 de mayo y la llegada de Cándido Gómez el 13 de mayo—, el proyecto nunca encontró la estabilidad necesaria.
De matagigantes a la cuarta categoría
La ironía es dolorosa. Esta misma temporada, el Ourense eliminó al Real Oviedo (4-2) y al Girona (2-1) en Copa del Rey, consolidando su fama de \»matagigantes\». Pero lo que sirve para una noche de gloria copera no basta para sobrevivir 38 jornadas en una categoría cada vez más profesionalizada.
Camilo Díaz asumió la presidencia en 2019, relevando a Hipólito Naveira, y desde entonces ha liderado el proyecto más ambicioso de la historia reciente del club. En 2014 militaban en Primera Autonómica (séptima división) y llegaron a competir en Primera Federación, la tercera categoría del fútbol español. Un ascenso meteórico que ahora se estrella contra la realidad económica.
El problema de fondo: presupuesto e infraestructuras
Las palabras de Díaz no dejan lugar a dudas sobre el diagnóstico. Ourense, por mucho que duela, no está preparada para competir con la mayoría de equipos de Primera Federación. No es solo una cuestión futbolística: es estructural. Mientras otros clubes de la categoría cuentan con respaldos institucionales sólidos, filiales de equipos profesionales o inversores potentes, el Ourense ha navegado siempre al límite de sus posibilidades.
El estadio de O Couto, con capacidad para poco menos de 6.000 espectadores, se quedó pequeño para las exigencias de la categoría. Los ingresos por taquilla, insuficientes. Y el presupuesto, ajustado hasta el último euro. \»La gente no es consciente de lo que cuesta mantener un equipo en Primera Federación\», declaraba Díaz en diciembre pasado, cuando el club aún soñaba con eliminar al Athletic en Copa.
¿Y ahora qué?
Una vez superado el mal trago, toca ponerse a trabajar en la próxima temporada. El equipo tendrá que trabajar para volver a Primera Federación junto a una afición que no se cansa de estar a su lado. Pero la pregunta es inevitable: ¿tiene sentido volver a intentarlo sin cambiar las condiciones de base?
El Ourense CF se enfrenta ahora a una encrucijada. Puede optar por la reconstrucción tranquila en Segunda RFEF, ajustando expectativas y presupuesto a una realidad más sostenible. O puede intentar el rebote inmediato, con todos los riesgos que eso implica. Lo que está claro es que, como ha reconocido su propio presidente, sin un cambio estructural profundo, cualquier nuevo ascenso será solo un espejismo temporal.
La afición presente en O Couto pasó de la euforía por los goles de su equipo a la tristeza y las lágrimas con el silbatazo final. Los jugadores azulones, desolados, agradecieron el apoyo durante toda la temporada. Porque si algo no faltó en esta aventura fue entrega. Lo que faltó fue todo lo demás.