El Deportivo cerró en Valladolid una de esas historias que explican por qué el fútbol no entiende de heridas eternas: ocho años después de caer de la élite, el equipo coruñés derrotó al Real Valladolid, selló el ascenso directo a LaLiga EA Sports y convirtió Zorrilla en una prolongación sentimental de Riazor.
Zorrilla dejó de ser un examen y acabó siendo una fiesta gallega
El Deportivo ya es equipo de Primera División. No hizo falta calculadora, ni mirar de reojo otros marcadores, ni pedir favores a terceros. El conjunto de Antonio Hidalgo resolvió su visita al Real Valladolid con un triunfo de mucho peso competitivo y muchísimo valor emocional: 0-2, ascenso directo y regreso a LaLiga EA Sports.
La escena tuvo un punto de justicia poética. Valladolid, una plaza cargada de recuerdos recientes para el deportivismo, terminó siendo el escenario del renacimiento. Donde hace no tanto el club caminaba por terrenos incómodos, ahora volvió a levantar la cabeza como un histórico que, por fin, deja atrás el barro.
Bil Nsongo, del Fabril al altar del deportivismo
El nombre propio de la tarde fue Bil Nsongo. El delantero, que empezó la temporada vinculado al Fabril, apareció en el momento en el que más pesan las piernas y más quema la pelota. Dos goles en la primera parte cambiaron el guion de la jornada y pusieron al Dépor con medio cuerpo en Primera.
Su doblete fue mucho más que una actuación individual. Fue el símbolo perfecto de un club que ha tenido que reconstruirse desde dentro, tirar de paciencia, apostar por talento joven y aprender a competir con la mochila cargada de ansiedad histórica.
En una temporada donde Yeremay Hernández, Mario Soriano y otros futbolistas han sostenido buena parte del relato blanquiazul, Nsongo eligió el día más grande para presentar candidatura a héroe inesperado. Cosas del fútbol: a veces el ascenso lo firma quien meses antes parecía destinado a otro papel en la película.
Antonio Hidalgo convierte la presión en ascenso
El mérito del Dépor no está solo en ganar en Zorrilla. Está en haber llegado vivo, fuerte y con el pulso firme al tramo donde suelen temblar los proyectos. Antonio Hidalgo ha conseguido ordenar al equipo en plena tormenta emocional, gestionar la exigencia de una ciudad que empuja como una grada entera y transformar la presión en gasolina.
El Deportivo no ascendió por una tarde inspirada. Ascendió por una dinámica sostenida, por una plantilla que entendió el oficio de la categoría y por una recta final en la que el equipo fue capaz de jugar con el marcador, con el ambiente y con la historia encima de los hombros.
En LaLiga Hypermotion, donde cada jornada parece una emboscada, el Dépor encontró regularidad cuando más se necesitaba. Ese fue su verdadero salto de calidad.
La afición volvió a jugar de titular
Lo de la hinchada deportivista en Valladolid no fue acompañamiento: fue una declaración de pertenencia. El desembarco blanquiazul convirtió el desplazamiento en una especie de romería futbolera, con bufandas, nervios, cánticos y esa mezcla de ilusión y prudencia que solo entienden quienes han pasado años tragando polvo.
La afición llegó convencida de que el ascenso estaba cerca. Y el equipo respondió como se responde en las grandes tardes: compitiendo, golpeando pronto y no dejando que el partido se convirtiera en una ruleta rusa.
Riazor no estaba físicamente allí, pero se notó en cada balón dividido. El Dépor jugó en campo ajeno, sí, pero por momentos Zorrilla sonó a casa.
Un regreso que cambia el mapa del fútbol gallego
El ascenso del Deportivo devuelve a Galicia una pieza mayor en el tablero de LaLiga EA Sports. Con el Celta de Vigo consolidado en la élite y el Dépor de vuelta, el fútbol gallego recupera un foco competitivo, mediático y emocional de primer nivel.
Para el club coruñés, el reto empieza ahora. Subir era la obsesión; mantenerse será la verdadera reválida. La Primera no perdona despistes, exige fondo de armario, acierto en el mercado y una estructura deportiva preparada para sufrir sin perder identidad.
Pero eso será otro partido. Hoy el deportivismo puede mirar atrás sin quedarse atrapado en la nostalgia. De la caída al regreso. Del sufrimiento al abrazo. Del barro al escaparate. El Dépor vuelve a Primera y lo hace como más le gusta a su gente: con ruido, con épica y con una ciudad entera sintiendo que, esta vez sí, la pelota entró donde tenía que entrar.