El Deportivo de La Coruña dio un paso de gigante hacia el ascenso a Primera División tras imponerse al FC Andorra por 2-1 en un Riazor entregado. El equipo de Antonio Hidalgo tuvo que remar contra corriente después del gol de Cerdà, pero Mario Soriano y Eddahchouri voltearon el marcador en una segunda parte de máxima tensión. La victoria, unida al tropiezo del Almería, deja al conjunto blanquiazul con el billete a la élite cada vez más cerca.
Riazor volvió a jugar su partido
El Deportivo no tuvo una tarde cómoda. El Andorra salió con personalidad, tocó con criterio y obligó al conjunto coruñés a morder más de lo previsto. En una jornada marcada en rojo para el deportivismo, el partido arrancó con ese punto de nervio que tienen las grandes citas cuando hay algo enorme en juego.
El gol de Josep Cerdà en el minuto 33 puso silencio momentáneo en Riazor. El tanto visitante fue un aviso serio: nadie regala nada en LaLiga Hypermotion, ni siquiera cuando el ascenso asoma por la esquina.
Pero si algo ha recuperado el Dépor esta temporada es carácter competitivo. El equipo no se cayó. Aguantó el golpe, reorganizó ideas y esperó su momento. Y cuando Riazor empezó a rugir, el Andorra descubrió que allí se juega contra once… y contra casi 30.000 gargantas.
Soriano encendió la remontada tras el descanso
La reacción llegó nada más volver de vestuarios. Mario Soriano se sacó un golpeo magnífico para firmar el empate y cambiar por completo el estado emocional del partido. El 1-1 liberó al Dépor y metió al Andorra en una fase mucho más incómoda.
A partir de ahí, el equipo de Antonio Hidalgo adelantó líneas, jugó con más determinación y encontró mejores conexiones en campo contrario. Yeremay volvió a ser una amenaza constante, Nsongo trabajó entre centrales y la grada empujó cada ataque como si fuese el último córner de una promoción de ascenso.
El Deportivo pasó de perseguir el partido a dominar el ritmo emocional de la tarde. Y eso, en una categoría tan traicionera como Segunda, suele ser media victoria.
Eddahchouri apareció donde duelen los partidos
El tanto definitivo llegó en el minuto 81. Zakaria Eddahchouri, que había entrado desde el banquillo, controló en el área y definió con sangre fría ante Owono. Riazor estalló. No era solo un gol: era una descarga de ilusión acumulada durante demasiados años lejos del lugar que el deportivismo siente como propio.
La jugada nació de una acción sencilla, casi de esas que no parecen llevar peligro. Pero los ascensos también se construyen así: con saques de banda bien peleados, segundas jugadas, delanteros atentos y un estadio que no deja respirar al rival.
El 2-1 confirmó que este Dépor tiene fondo de armario, respuesta desde el banquillo y, sobre todo, una fe competitiva que aparece cuando el partido se pone feo.
Un triunfo que pesa más que tres puntos
La victoria tiene un valor enorme por el contexto. El Deportivo aprovechó la derrota del Almería y se queda en una posición privilegiada en la pelea por el ascenso directo. A falta de dos jornadas, el equipo coruñés depende de sí mismo para cerrar el regreso a Primera.
El próximo duelo en Valladolid puede convertirse en una auténtica final anticipada. El Dépor llega con ventaja, impulso y una afición que ya empieza a mirar de reojo el calendario, aunque en A Coruña nadie quiere descorchar antes de tiempo. Bastantes sustos ha dado el fútbol como para confiarse en la frontal del área.
Antonio Hidalgo, mientras tanto, tiene un mensaje claro para el vestuario: cabeza fría, piernas calientes y cero celebraciones prematuras. El ascenso está muy cerca, pero todavía hay que rematarlo.
Galicia vuelve a soñar en grande
Para el fútbol gallego, lo del Deportivo no es una noticia menor. El posible regreso del club coruñés a Primera reforzaría el peso de Galicia en la élite y devolvería a Riazor a un escaparate que nunca dejó de reclamar.
El deportivismo ha pasado por años duros, viajes incómodos y tardes de barro lejos de los grandes focos. Por eso esta remontada tiene un valor simbólico especial. No fue una exhibición perfecta, pero sí una victoria de equipo maduro, de club que sabe sufrir y de afición que ha aprendido que para volver arriba también hay que ganar partidos con el corazón en la boca.
Riazor ya huele a Primera. Falta ponerle el lazo. Y en A Coruña, cuando el viento sopla a favor, el balón suele rodar con acento blanquiazul.