En noches de necesidad extrema, cuando la fe se tambalea y las piernas pesan más que la cabeza, hay futbolistas que ordenan el caos. El Real Oviedo llevaba meses caminando sobre el alambre, hasta que Santi Cazorla decidió ponerse el brazalete invisible del mando. Entró para pensar, para pausar… y para ganar. El Girona FC lo comprobó en carne propia en un Carlos Tartiere que volvió a sonreír tras un final de infarto.
Un primer acto para olvidar… y sobrevivir
El arranque fue una losa para el Oviedo. Sin balón, sin colmillo y siempre un segundo tarde, los de Almada se vieron superados por un Girona cómodo con la pelota y dueño del ritmo. Aarón sostuvo al equipo con intervenciones decisivas, mientras el Tartiere contenía el aliento. El 0-0 al descanso fue más oxígeno que justicia: un premio a la resistencia en una primera parte espesa, muy espesa.
Almada mueve ficha: cuando entra el fútbol, cambia el partido
Tras el paso por vestuarios, el Oviedo dio un paso adelante en actitud, pero el punto de inflexión llegó desde el banquillo. Cazorla saltó al césped y el ruido se transformó en esperanza. A su lado, Thiago aportó descaro y piernas. De pronto, el balón empezó a circular con sentido y el rival a dudar. El Tartiere olió sangre.
Chaira, el golpe perfecto en el momento justo
La jugada del gol fue un tratado de fútbol sencillo bien ejecutado: pausa del Mago cuando el corazón pedía vértigo, apertura al costado, centro medido y Thiago leyendo la acción como un veterano para servir en bandeja a Chaira, que empujó a la red a quince del final. Un fogonazo que valió oro y desató una celebración liberadora.
Resistir también es competir
Quedaba lo más duro. El Girona se volcó, apretó con todo y obligó al Oviedo a defender con uñas y dientes. Aarón volvió a aparecer y hasta el último balón aéreo se defendió como si fuera el definitivo. Hubo suspense, hubo sufrimiento… pero esta vez la moneda cayó de cara.
Tres puntos, algo de fe y una certeza
El Oviedo no solo ganó un partido: recuperó un hilo de confianza. En una temporada cuesta arriba, el mensaje quedó claro y resonó en las gradas: cuando el balón pasa por los pies adecuados, todo es posible. Denle el mando a Santi. El Tartiere ya lo tiene claro.