El empate de Anoeta dejó una sensación incómoda porque el Celta volvió a enseñar dos versiones demasiado distintas dentro del mismo partido. Una primera mitad de supervivencia, con Radu evitando que la Real Sociedad rompiese el encuentro, y una segunda en la que el equipo de Claudio Giráldez adelantó metros, apretó mejor y empezó a jugar en campo contrario.
La cuestión ya no es únicamente que el Celta haya marcado un solo gol en cuatro jornadas. El problema empieza antes: demasiadas veces necesita que el partido le golpee, le encierre o le obligue a reaccionar para alcanzar el nivel de agresividad que su idea exige.
La crónica de Anoeta dejó ese contraste muy claro. En el primer tiempo, la Real llevó la iniciativa y obligó a Radu a intervenir. Tras el descanso, el Celta presionó más arriba, recuperó mejor y logró que el encuentro se jugase mucho más lejos de su portería. No fue una transformación milagrosa: fue, sobre todo, una cuestión de altura, ritmo y atrevimiento.
Dos puntos de doce obligan a acelerar el proceso
El arranque liguero deja al Celta con dos puntos de doce posibles. La muestra sigue siendo pequeña, pero ya empieza a exigir una lectura menos complaciente. El equipo puede estar en construcción, puede necesitar integrar fichajes y puede tener bajas importantes, pero la competición no concede semanas de adaptación sin coste.
Giráldez fue bastante claro después del 0-0: «Nos falta ambición o atrevimiento». Esa frase apunta al verdadero debate. No se trata de que el Celta tenga que convertirse en un equipo desbocado, sino de que no puede esperar media hora o un descanso para empezar a imponer el tipo de partido que más le conviene.
Cuando el bloque aprieta junto, el equipo roba más cerca del área rival. Cuando los carrileros saltan sin miedo y los interiores acompañan, aparecen segundas jugadas y posesiones más dañinas. Cuando la presión llega tarde o de manera individual, el rival sale limpio y el Celta termina corriendo hacia atrás.
La paciencia no puede convertirse en coartada
Es lógico pedir paciencia con una plantilla que ha cambiado piezas y que todavía busca automatismos. Pero hay una frontera fina entre paciencia y repetición del mismo problema. El Celta no necesita jugar bien los 90 minutos para empezar a ganar; necesita reducir los tramos en los que el partido se le escapa del guion.
La falta de gol ya estaba señalada antes de Anoeta y la dependencia de Iago Aspas no puede ser la única explicación. Si el equipo produce poco durante demasiados minutos, cualquier delantero acaba viviendo lejos del área y cualquier ocasión adquiere un valor desproporcionado.
El próximo paso no pasa tanto por cambiar nombres como por entrar antes en el partido. Presionar antes, atacar antes y asumir antes el riesgo que el propio Giráldez reclama. Porque con dos puntos de doce, el margen para esperar a la segunda parte empieza a reducirse.
